Adiós amor, adiós.

Era un adiós, uno más, de esos adioses que no se saben pronunciar, que no se quiere decir.

Era uno de esos momentos en los que no sabes si es real o un mal sueño,
de esos minutos que se hacen eternos y esperas que terminen, que son una tortura.

Esos momentos en los que te consuelas en la idea de que un día mirarás hacia atrás y te reirás de todo, sin saber si ese día llegará realmente.

Y así, sin querer dices adiós, casi arrancándote el corazón y guardándolo bien lejos, lejos de ti, lejos de él, lejos de todo, hasta que sane, hasta que se cure.

Sintiendo que algo dentro de ti se quiebra, se rompe, se muere.

Sintiendo que quema y que duele, queriendo que el tiempo se detenga.

Y piensas: era más fácil decirme adiós que encontrar la forma de que no se tenga que terminar, era más sacrificable lo que tenían juntos. Como en las guerras o en la política, hay sacrificios, daños colaterales y esta vez te tocó ser la cosa "sacrificable".

Pero sólo es eso: un momento y luego pasarás, o eso esperas...

Era así, tortuoso y largo, como un castigo.

Y lo escuchas decir: TE AMO
Y respondes con un TE AMO, y no con un: demuéstralo, porque ya no es esperas nada. Sabes que es el adiós. Que no habrá vuelta atrás.

Así fue, así pasó.

Dicen que las despedidas son tristes, tienen razón... pero guardas la esperanza de un nuevo comienzo, porque siempre se puede volver a empezar aunque algunos adioses se llevan una parte de nosotros.


No hay más nada que decir, se terminó... adiós.




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